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26 agosto 2025
Con raíces puramente mexicanas, originada en lo más profundo de los pueblos rurales como un canto a la vida cotidiana, la ranchera, al igual que el blues o el fandango, nace como desahogo de la gente común, una forma de contar historias de amor desesperado, de lucha inagotable y de pura nostalgia. La fusión de guitarras nobles, violines melódicos y trompetas desgarradas fue construyendo un sonido completamente reconocible en la actualidad y que todo el mundo identifica como nacional.
A mediados del siglo XX, voces como Pedro Infante, Jorge Negrete o Vicente Fernández hicieron de este género algo más grande que la música. Eran iconos, hombres que cantaban con el alma y que lograban que millones de personas alrededor del mundo se sintieran identificados. Sus canciones pasaron de los teatros a la radio, y de ahí a las casas de toda América Latina y más allá.
La ranchera no se quedó en México, saltó fronteras y conquistó corazones en lugares donde nadie esperaba verla florecer. Hoy, forma parte de celebraciones en Colombia, Venezuela, España e incluso en Estados Unidos, donde las comunidades migrantes la convirtieron en bandera cultural.
En Colombia, y en especial en el litoral de toda su costa atlántica, es un buen ejemplo de cómo esta tradición echó raíces fuera de México. En Barranquilla, reconocida por ser una ciudad alegre y festiva, los mariachis han encontrado un escenario ideal. Mariachis Barranquilla se ha convertido en un referente global, un grupo que no solo interpreta clásicos como El Rey o Volver, volver, sino que logra adaptarlos al calor caribeño, llenando de emoción bodas, aniversarios y cumpleaños.
En esta ciudad, contratar mariachis es una costumbre arraigada. Es compartir un momento con la familia, sorprender a un ser querido o poner música a la nostalgia. La ranchera en Barranquilla se vive de manera tan intensa como el propio carnaval, y eso habla de su capacidad para integrarse en distintas culturas.
Lo más interesante es cómo la música ranchera se siente adoptada, hecha propia. El público barranquillero la recibe con tanta naturalidad que parece haber nacido allí. Y es que la ranchera, con su fuerza emocional, no necesita traducciones, ya que conecta directamente con la gente.
España también abrió sus puertas a este género. En ciudades como Madrid o Barcelona, los mariachis han pasado de ser una curiosidad a convertirse en protagonistas de celebraciones y conciertos. Lo que empezó con pequeños grupos que acompañaban a la comunidad mexicana residente, hoy forma parte del panorama cultural, cada vez más demandado.
Quien haya estado en una fiesta con mariachis en España sabe que la experiencia es inolvidable. Jóvenes y mayores cantan juntos Cielito lindo como si siempre hubiera estado en su memoria colectiva. Y es que las letras rancheras hablan de temas universales, que todos entienden, como el amor, la pérdida, el orgullo por las raíces.
Por otro lado, la mayoría de los españoles que viajan a México regresan fascinados tras escuchar a un mariachi en directo y buscan revivir esa sensación en su país. Esa experiencia auténtica ha hecho que la ranchera se extienda más allá de la comunidad mexicana, sumando cada vez más seguidores locales.
Incluso algunos artistas españoles han versionado rancheras o colaborado con mariachis, señal de que este género no es solo un invitado, sino un vecino con voz propia dentro de la cultura musical del país.
Hoy, tanto en México como fuera de él, el mariachi se mantiene como un símbolo. En Colombia, por ejemplo, los Mariachis en Barranquilla forman parte de la vida cotidiana, no solo en celebraciones privadas, sino también en actos comunitarios que refuerzan la idea de música como patrimonio común.
En España ocurre algo parecido. Nuevas generaciones descubren este género a través de fusiones modernas, pero los mariachis siguen interpretando con fidelidad los clásicos que emocionaron a sus abuelos. Esa capacidad de adaptarse sin perder esencia es lo que mantiene vivo a este género, porque la ranchera no es un estilo que pase de moda, en absoluto. Es y será un sentimiento en estado puro. Es la lágrima contenida en medio de una fiesta, el abrazo que llega cuando suena Las mañanitas, la risa compartida entre amigos al corear un estribillo conocido por todos.
El mariachi es emoción compartida, es cultura en movimiento y es la prueba de que una tradición puede convertirse en patrimonio global. Su autenticidad, su teatralidad y su capacidad de tocar fibras sensibles aseguran que seguirá viva, tanto en los pueblos de México como en las calles de Barranquilla o en una plaza de Sevilla.
La música ranchera, en definitiva, ha demostrado que no entiende de fronteras. Allí donde haya alguien dispuesto a escucharla, siempre habrá un mariachi dispuesto a cantar.
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